Hola soledad

Esa noche, - aposentado el tiempo presente -, el hombre tomó asiento en la bohemia y tambaleante mesa, habiendo justo frente a él una silla en la cual aparentemente se sentaría alguien. Había ron y tabaco. Observó el puesto desierto con la leve sensación de presentir o imaginar tal compañía.
Entonces tomó el vaso y vertió allí parte de la botella de licor. Lo llevó a sus labios y consumió el liquido con alguna pausa. Su mirada quedó lejana y detenida en el desocupado espacio. Esperó y volvió a esperar. Se sirvió de nuevo y bebió. La silla enfrente continuó vacía.
El largo paso de los minutos se hacia acompasado por la frecuente oleada de sonidos, música que parecía viajar desde muy lejos, invadiendo intensa el alma del hombre. Nunca llegó nadie. Fue así como el hombre decidió entablar su propio monologo, empezando con estas palabras :
“Hola, soledad. No me extraña tu presencia. Yo soy un pájaro herido que llora sobre su nido porque no puede volar. Y por eso hablo contigo. Soledad, yo soy tu amigo, ven que vamos a charlar . . .”.
Después de la intensa conversación propia, y dando por finalizado el momento, el hombre se incorporó pesadamente de la mesa y se marchó a paso lento. Se fue musitando muy bajo el nombre de la mujer de sus sueños.

Otra noche, - después del paso de cuarenta años -, la mujer tomó asiento en la limpia y servida mesa, habiendo justo frente a ella una silla en la cual aparentemente se sentaría alguien. Había carne y fruta. Observó el puesto desierto con la leve sensación de presentir o imaginar tal compañía.
Entonces tomó el vaso y vertió allí parte de la jarra de agua. Lo llevó a sus labios y consumió el liquido con alguna pausa. Su mirada quedó lejana y detenida en el desocupado espacio. Esperó y volvió a esperar. Se sirvió de nuevo y bebió. La silla enfrente continuó vacía.
El largo paso de los minutos se hacia acompasado por la frecuente oleada de silencio, mutismo que parecía viajar desde muy lejos, invadiendo intenso el alma de la mujer. Nunca llegó nadie. Fue así como la mujer decidió entablar su propio monologo, empezando con estas palabras :
“Hola, soledad. No me extraña tu presencia. Esta noche te esperaba. Aunque no me digas nada, es tan grande mi tristeza, ya conoces mi dolor. . .”.
Después de la intensa conversación propia, y dando por finalizado el momento, la mujer se incorporó pesadamente de la mesa y se marchó a paso lento. Se fue musitando muy bajo el nombre del hombre de sus sueños.